29.4.11

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Les contaba que hace unos días estaba esperando la muerte de Gonzalo Rojas.
Murió el pasado lunes, en Santiago de Chile, tras dos meses de agonía.
La noticia, aunque la esperaba, me dejó algo frío, algo jodido.
Suelo ser frío de por sí ante estos casos, un poco por no verme como el groupie de un poeta que vivió sin enterarse de mi existencia, quizá sólo entre atisbos de que por allí debía haber alguien leyéndole y que no era yo sino una plasta con miles de lectores. También por escapar del snobismo, ése que se pone a reconocer la obra de ciertas gentes hasta que están bien muertas y nunca antes, casi como ley de vida.
Suelo ser frío, pues, pero éste, que ni mi muerto era, se me coló al final entre los míos.
Fue uno de los primeros, por ejemplo, que me mostró más o menos cómo hacerle para que la carne se pudiera oler a través de la poesía, la carne cruda, quiero decir, él entre prostíbulos fenicios y “féminas” hermosas y yo en night clubs bizarros y antros de maricas.
Mis resultados, por supuesto, son de risa.
Ese viejo, de palabras sabias, elegantes, se montó en el puente del sexo para lograr asir de la punta a lo divino. Habrá que leer, por mencionar uno de sus poemas, “Qedeshím Qedeshóth”... Y mientras existe “Qedeshím Qedeshóth”, yo me estaciono en el puente, miro a un lado, luego al otro; meto mano. Nada, en realidad, que resulte trascendente.
¿Cómo no doler su muerte si en este sentido se me colgaba como un padre, o un padrote, si se quiere, y yo la puta ante la muerte del padrote?
Deberán creerme cuando digo que su muerte me dejó algo frío, algo jodido.
Ante su partida, y con el corazón todo achicado porque me tocaba escribir para el periódico su nota necrológica, telefoneé a Raúl Zurita, otro chileno ante el que me acuesto. "Cada que muere un gran poeta renace la eternidad", me dijo. "El cielo se hace más ancho".
Hablando de quien hablábamos, yo pensé en piernas cada vez más abiertas cuando me dijo lo del cielo. Claro que no se lo dije, no estoy tan loco, pero sentí cómo se me atravesaba por toda la cara una sonrisota.
Cuando colgué, me cercioré, y sí, tenía en la cara una sonrisota.
En ese momento le dije adiós a Gonzalo Rojas.

1 Comments:

Blogger fgiucich said...

Excelente: no cabe otra cosa. Abrazos.

abril 30, 2011 5:11 p. m.  

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