2.4.16

Y es el miedo


:
Y es el miedo

Y es ése quizás el miedo más genuino

El miedo que se abraza hasta el nervio

Que sin buscar

               sin proponérselo, digieren

Que incluso vencen


Y es que un día desembocan dos chicos en ese miedo

Un miedo que los encaja de pronto en un destino que no sabían

Miedo que los abre como flores. Putas flores

               De colores radiantes. De pronto

               flores grandes

Escurriéndose en mieles calientes las flores

Y brillantes

Dos flores que se ahorcan hasta casi cercenarse

               Y que se cortan


Y allí cabe también la muerte

En la vida la muerte

Cabe el llanto

Cabe un aleph donde en un instante se replica todo

               La tarde

               La carne

               El semen

               La sangre

Y las flores vuelven a hincharse. Brillantes


Y así que eso era el miedo

El miedo más genuino sobre el que dos chicos se corren

Que se abren por la mitad hasta matarse

Y qué es

               del miedo

Y cómo hacer para temblar como entonces


Y sin embargo tiembla

Sigue de vez en cuando temblando


Pero qué es

               del miedo

11.3.16

:
37

25.2.16

:
 
 

31.1.16

:
Qué cosa tan fea que febrero ya esté aquí.

31.12.15

Los meses

:
Éstos fueron los meses. Los de una nueva casa que me mudó de Paseo de la Reforma para hacerme por fin vecino del Centro, los de abrir la ventana y encontrarme diariamente con un cachito nuevo de ciudad, un cacho hermoso, después de tanta búsqueda, la angustia, y los de Alberto que ya no está fueron los meses, que no está estando todavía pero cada vez más breve, cada vez más nada. ¿Cómo es posible que alguien que haces tan tuyo vaya de pronto tan de paso, tan en sí? ¿Cómo es posible que así?, fue la pregunta de los meses. Y los meses de la sentencia robada a Alfredo: "Yo no sé cómo se olvida". También falleció en los meses mi amiga Peque, ¿cómo es posible que así?, y mi padre cumplió 5 años no sé en dónde. Fueron los meses de Rilke, del té matcha y del ejercicio constante; los de volver al libro inconcluso, Tristán da Cunha, aunque sea a rastras, y los de ciertos silencios y otras búsquedas, incluso entre postales antiguas a lo largo de algunas tardes en La Lagunilla. Los meses de mis 36 y de un apoyo familiar muy grande, y los meses de algunas nuevas personas. Mientras los meses sigan trayendo nuevas personas habrá más meses. Pero éstos, por lo pronto, fueron los meses. Los del año de la oveja. Y ahora que vengan los que alista el mono, el mono de fuego, que se acabó, como dicen los chicos, Carlos, Omar, Guillermo, su pendejo.

11.11.15

:
En algún segundo siempre inasible.
En algún instante extraterrestre en que decides que es momento de soltarte,
        abandonar.
        Que es instante de escapar cayendo del dolor el fuego.
                  De tus piernas rotas.
                  De tu respirar a tientas.
                  De esa carne aquélla negra, el hospital.
        Que es momento de, impertérrito, dejar un hueco.
                  De viajar...


Pues en algún instante de ese instante, hacia las 11:11 a. m. de hace ya 5 años, falleciste, pa. Pero no es ya el hueco que dejaste un hoyo negro. Te levantas tú de allí con toda tu hombría y estatura. El aspecto pulcro, la sonrisa grande, el cuerpo firme, y seductor. ¿Te acuerdas de Paul Newman?

18.10.15

:
En alguna ocasión llovieron Flipys sobre Oaxaca. Los arrojaron desde un helicóptero, según recuerdo, sujetos a pequeños paracaídas de nylon, en un espectáculo que mis hermanos y yo encontrábamos insólito; Flipys firmes, como soldados descendiendo por cientos en territorio enemigo. Lo cierto es que los hicieron llover como quien llueve ayuda humanitaria sobre un campo de refugiados o leprosos, pero desde abajo no éramos leprosos, creo, sino niños saltando la alegría, cachando Flipys, tragándolos. Vivíamos en el número 101 del Callejón de la Paz, en la Colonia Figueroa. Nuestro número telefónico era el 52209. Sólo cinco números. Luego todo crecería y se le agregarían más dígitos a los teléfonos, uno a uno, según el país se reproducía. Mi madre, por ejemplo, recuerda que cuando era niña el número de su madrina era el 14, cuando entonces ni existían helicópteros al servicio de una lluvia de Flipys como soldados firmes. Algunos cayeron en la azotea y otros en el jardín o la calle, muchos más en el terreno de junto, un inmenso baldío, y otros tantos, se suponía, en la barranca de enfrente de la casa. Siempre nos estuvo prohibida esa barranca, aunque podía bajarse y seguir un tramo del arroyo hediondo, en dirección hacia donde se espesaban las hierbas y los árboles, en la boca de una tubería por la que el agua seguía su camino ya por debajo de las casas, entre una nube de moscos. En la barranca solía cogerse a su novia el vecino, un chico fuerte y moreno de cabello rizado y dientes muy blancos que vivía en la casa de lámina al principio de la calle. Creo recordar que se llamaba Alejandro, y allí estaba cuando los Flipys. Y me llevó a la barranca porque allá abajo había aterrizado un cargamento, a donde su novia, a donde sus muslos morenos desnudos, a donde su verga apuntándome de frente, como un Flipy firme. Han vuelto al mercado los Flipys.
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