30.4.05

"Z" por "S"

Visité Terciopelo Verde y me encontré algo interesante. Santiago, el anfitrión, anunciaba que S. S. Benedicto XVI había empezado a sacar la casta. El porqué era una nota periodística que se refería al matrimonio entre homosexuales, y que apareció en el periódico electrónico (español) Entrella Digital, la cual decía así:
"El Vaticano pide a los funcionarios que se nieguen a casar homosexuales aunque pierdan su trabajo"
Y no cabe duda que a este mundo le gusta complicarse la vida. Todo se arreglaría con un tachoncito que cambiaría una simple letra por otra ("s" por "z"), para que al final la cabeza de la nota quede así:
"El Vaticano pide a los funcionarios que se nieguen a caZar homosexuales aunque pierdan su trabajo"
Entonces: ¿De una letra dependen años de filosofía? ¿De una letra depende cambiar el mundo? Las letras lo cambian, estoy seguro, éste es tan sólo un simplísimo ejemplo de ello.
¡¡¡Que vivan las letras!!!

29.4.05

: F E L I Z : A V I S O

: AMIGOS,
THNKS POR SU APOYO (Y DE ANTEMANO TAMBIÉN A TI, MALAKATONCHE), VOLVÍ A EMPEZAR. ELIMINÉ EL HALOSCAN QUE ME PUSO DE CABEZA UN RATO PERO YA, RECUPERÉ TODOS LOS COMMENTS ANTERIORES. AHORA PROMETO ANDARME PASITO A PASITO PARA QUE ESTO NO GÜELVA A PASAR. ASÍ QUE LUMBRE CULEBRA ESTÁ NUEVAMENTE ON LINE.
;D

28.4.05

: T R I S T E : A V I S O

: AMIGOS,
COMO SIEMPRE, ALGO HICE MAL. INTENTANDO HACER ALGUNOS CAMBIOS EN EL TEMPLATE DE LUMBRE CULEBRA, SU BLOG, HE DADO CON EL CASTIGO DE NO SABER HABLAR EL LENGUAJE HTML, Y EL CASTIGO, MÁS BIEN, DE AVENTURARME Y CUT-PASTE Y CUT-PASTE DONDE NO. Y LO QUE MÁS ME DUELE ES QUE CON ESTE ASUNTO CREO HABER MANDADO A LA BASURA SUS COMENTARIOS, LO CUAL ESPERO PERDONEN UN DÍA DE ESTOS (DESPUÉS DE QUE YO MISMO ME LO PERDONE). ANTE ESTA IMPOTENTE SITUACIÓN, ANUNCIO QUE NO ACTUALIZARÉ EL BLOG EN LOS PRÓXIMOS DÍAS, HASTA QUE UNA MANO SANTA QUE SEPA COMPUTACIÓN VENGA Y ME SAQUE DE ESTE HOYO. POR SU COMPRENSIÓN,
THNKS.
LOS QUIERO (DESAFORADAMENTE).

De una novela que no ve pa cuándo

Esta mañana encontré debajo de mi puerta un aviso del administrador de condóminos. Un hombre que no conozco, pero imagino de mirada cansada y andar muy suavecito. El aviso era urgente. Y lo era, porque resaltaba un número telefónico y un llano “comuníquese a la brevedad posible”. Además de mirada cansada y andar muy suavecito, ahora el hombre era hosco y poco amable. Pensé un segundo en su vida. Deduje viudez, descontento con los hijos, pensión insuficiente, y otras cosas del tipo. Era tarde y salí de casa. Me comunicaría después desde la oficina. De todos modos, si el problema era la fiesta que había dado en el departamento la noche anterior, el comunicarme con él al primer instante no resolvería nada. Además todos se habían ido temprano. Me cayó mal el tipo. Y eso de comprenderlo debido a sus años —porque debe ser viejo— empeoró un poco las cosas. Si está tan viejo por lo menos que sea amable. Que tome en cuenta que el día que resbale y muera —como suele pasar— los primeros en responder seremos los vecinos. Al menos para resguardar lo último que podría quedarle de dignidad, y no ser un muerto que apesta. Pero en realidad me estaba yendo un poco lejos. Quizás el aviso respondiera razones de otro aspecto. Quien quita que me anunciare que por fin se había reparado el asunto de la toma del gas, y ahora estuviera recogiendo las cuotas. Así olvidaría la lata de bajar por un tanque hasta la esquina siguiente, donde es que se pone en punto de la siete el camión del gasero. Aunque en realidad eso nunca lo creería. Pero era lo único que venía a mi cabeza con tal de no seguir pensando mal sobre el viejo. Sin embargo, eso de abandonar la idea de caerme en el hígado hubiera sido una mentira. Soy sincero conmigo mismo, y siempre he pensado así. De ahora en adelante, sea como pasen las cosas, invariablemente no veré bien al viejo.

*

Ocupo el condominio desde hace cosa de medio año. Un edificio de muchos viejos. Mi casera incluso es muy vieja. Una mujer olvidada que atendió enseguida el llamado de una nieta residente en Calexico, según me dijo. Mire, jovencito, yo ya estoy vieja, de aquí pa’delante sólo queda la muerte. De aquí para adelante —pensé— es lo mismo para todos, pero ¿cuál era el fin de entablar una conversación del estilo con ella? Le digo que no se preocupe, señora, llévese dos meses por cuenta del depósito, y en punto de cada primero le transfiero las mensualidades. Pus más le vale, jovencito, que le digo que ese dinero es nomás pa’pagar los gastitos de mi muerte, y que mi nietecita no tenga que cargar con la molestia. Vaya tranquila, señora, de verdad que está tratando usted con una persona confiable. Así lo espero, me dijo, y estiró su puñito tembloroso, del tamaño de un colibrí, y dejó en mis manos un trozo de papel con un número de cuenta bancaria. Lo último que vi de la vieja fue una sonrisa que pudo ser angelical. Ésa —creo— era la intención, aunque no lo quisieran así sus dientes. Después la vieja cerró la puerta.

*

No es fácil vivir en una ciudad como ésta. Apenas se llega y sientes un frente frío que acude a la cara, algo extraño. O una máscara delgadísima que viene a colgarse de las mejillas. Y quitársela, después del baño, aún no es fácil. Pero así son las sensaciones. Uno se acostumbra a un suelo cálido, no por caliente sino porque se siente a través de las suelas la familiaridad, que cuando pisas estas baldosas, que se corren kilométricamente hasta no-sabes-dónde, no puede uno sentirse equilibrado. Al menos en un principio. Pero es verdad que el primer contacto con estas baldosas se anuncia hasta cada extremo de la ciudad. Es como si bajaras el pie del bus, o del tren o del automóvil, de lo que sea, y apenas tocar propiciaras una vibración como la de la piedra al contacto del agua. Todo mundo en esta ciudad sabe, entonces, que está arribando uno nuevo. Otra piedra en el fondo del agua. Y creo que ése ha sido el destino de esta tierra por siglos. Allá abajo hay muchas piedras. La ciudad de los lagos ya no es de los lagos, al menos perdió la facha. Pero la gente que coexiste en ella, como si fuera parte de su inmobiliario —y que lo es—, aún siente el temblorcillo que se sube a sus rodillas, anunciando la presencia de uno más. Tomando esa presencia con la tranquilidad que exige la costumbre. Y se siente el uno-más cuando se llega a ella. Siempre sin rodeos, entre hipócrita y sincera. Por un lado recriminando tu nulo conocimiento de los males de la bomba migratoria, y por el otro extendiéndote la llave de la ciudad. No es fácil acostumbrarse, pues, a vivir aquí. Que es lo mismo que a vivir en la incongruencia, en la contradicción, aún cuando el hombre es contradictorio desde el asunto ése del pecado original. Y yo soy también contradictorio. Y no sabe uno en qué momento pierde los estribos. O no los estribos, sino más bien la identidad. No identidad por nulidad de rostro y nombre. Identidad por lo queda, o se deja, del otro lado de las puertas. Del otro lado del paisaje. En qué momento de restaurantes y centros comerciales y cantinas y cruces de avenida, se tira, por ejemplo, un brazo. O en qué momento recogemos un tercero.

25.4.05

Perder el tiempo

Alberto Chimal (en su blog La materia no existe) nos contaba a sus lectores una de sus formas para perder el tiempo. Se trataba de participar, más o menos, en algo semejante a un cadáver exquisito, pero no con la instrucción tradicional, sino con dibujos digitales. No acabé de entender bien el asunto, pero de todos modos le dije: ¡Estupendo!, bonita forma de perder el tiempo. Yo, en lo que me concierne, pierdo el tiempo buscando especies de "ángeles".

Aquí más o menos les ofrezco la transcripción del comentario que le hice:

¿Que cómo se juega?

Uno tiene que irse a postrar a algún lugar donde puedas ver gente (un parque, un centro comercial, un crucero congestionado). Has como que lees o como que piensas. Tienes que esperar a que alguien se te acerqué para cualquier cosa. Igual te preguntan por una calle y les contestas (para continuar el juego debes cuestionarles: ¿qué es exactamente lo que busca?). Después vas a esa calle y te metes (si se puede) al lugar que buscaba el que llamaríamos “jugador-empírico". Investiga bien y has como que sabes a lo que entras. Quizás ahí dentro pases cosas amables. Ése es un "ángel".

Otro "ángel" puede ser el que te confunde con otra persona y cariñosamente hasta intenta abrazarte. Le sigues el juego y el abrazo. Igual te pregunta qué tal los niños o qué tal el proyecto del libro que empezaste hace un año. Tú no eres escritor (imaginemos) pero le dices que gracias, muy bien, ya voy muy avanzado.

(A mí personalmente se me acercó una vez este tipo de "ángel". Era una mujer simpática, bonachona, le gustaba la charla. Yo estaba en Barajas, un poco ansioso porque esperaba abordar un vuelo de Iberia que me regresaría a México. ¿Tú eres escritor, verdad?, me dijo. Bah, yo tenía 18, escribía porquerías, vivía en el desmadre, cuál escritor... Sí, le dije, yo soy escritor, y me pidió un autógrafo. Al fin que se lo di y me dije: Así que por fin conozco a un "ángel". Y desde ese momento me hice escritor... Bonita forma de perder el tiempo.)

Otro "ángel", de plano, puede ser aquel que se te acerca y, ni dudándolo, te empieza a tirar los canes. Tú le sigues la corriente y, si hay suerte, te cae del cielo otra situación amable.

Objetivos generales del juego:

1) Comprender lo que mucho se dice: “Es chido ser naco”.
2) Toparse fortuitamente con el amor de nuestra vida, con un momento de lujuria, con el trabajo que buscamos, etc. (según en lo que andemos flacos).
3) Darse cuenta, llegando a casa, que vivir fuera de lo que te pertenece y perder el tiempo no es más que otra forma de ganarlo.

Crónica de mi Marcha del Silencio

Decidí desde temprano no ir a la Marcha del Silencio. Desconectarme. Preferí levantarme un poco tarde, porque ayer salí. Luego prender la tele y ver en Much Music un especial de Café Tacuba, que no fue la gran cosa. Después de bañarme chequé Lumbre Culebra y ninguna entrada. (El comment que me invitaba a visitar el blog de Tona [el cual agregué en mis links y que les invito] llegó más tarde.) Mi plan, desde ayer, que chatié con mi hermano y que me pasó el dato, era asistir al "tablao" que se presentaría en la plancha del zócalo. Agregué al itinerario una visita a San Ildefonso, donde está lo de San Andoni, el gran Gaudí, y que no he asistido. Entonces busqué el horario de la presentación del "tablao" en la página web del Festival del Centro: Danza / Ballet flamenco / Eva Yerbabuena / Plaza de la Constitución / 20:00 hrs / representando (obvio) a España. La presentación prometía mucho. No sólo le dieron ayer (a Eva) la Medalla al Mérito, sino que la crítica decía que era un flamenco desnudo, "sin palabras, arrojando el ser efímero y primigenio de esta danza hacia nosotros", y que así, decían, nos prohibía pensar. Con exageraciones o no sonaba bueno. Luego volví a mi blog para dejarle una invitación al que se asomara. Y en fin que no la dejé porque encontré un bonito comment de María Luisa que me dejó pensando. Y yo siempre que pienso olvido las cosas. Apagué la compu, comí, y después me puse a leer a Capuana y luego algo de Arreola. Después dejé la lectura y repasé el trabajo que tendría mañana (ya hoy). Me vestí y me fui para el Zócalo. La verdad es que se hizo tarde. Había destinado unas dos horas para la exposición de Gaudí. Mis cálculos, como siempre, fueron muy malos, y el metro, como siempre, con sus lapsus desesperantes. Además de todo el calor, y Arreola en metro, en un día caluroso, no es buena lectura. Con todo llegué al zócalo. Tardísimo. Poco faltaba para las 5 y media. San Ildefonso cierra a las 6 pero aún así fui, no quedaba otra. El guardia me dijo que media hora no era lo justo para recorrer a Gaudí. Y por dentro me dije que el guardia estaba en lo cierto, pero no se lo iba a decir. Su actitud de curador de arte me molestó un poco, y luego me molestó más haber pensado tal cosa. Así que le di las gracias y me fui a turistear. Me metí a Catedral, un poco porque oí misa y me dije: quien quita y tengo suerte y la está oficiando Rivera. (Nunca he escuchado al Monseñor en misa, sólo en la tele, oficiando estupideces que no ayudan en nada.) En fin, como era de esperarse, no oficiaba Rivera sino el Capellán. La curiosidad de escucharlo será en otra ocasión... Decía yo que hacía mucho calor, y ésta fue la otra verdad por la que entré a Catedral: refrescarme un poco. Luego salí y busqué un buen café. No encontré ninguno, todo cerrado. Y no quería un mugre Sanborn's, así que seguí turisteando. Entré a La Profesa, que es la Iglesia de San Felipe Neri, donde aprendí que le llaman Profesa porque allí se hospedaban los profesos jesuitas por ahí del siglo XVI, como Benedicto (recuerdo que esa babosada pensé). Más tarde me fui a la zona de Santo Domingo: tantos edificios hermosos y en un espacio del asco. Por ahí conocí la casa donde nació Juan de Dios Peza. Me detuve un buen rato en su frente. Fue, creo, una especie de homenaje: Al pie de la imagen de Santa Cecilia fue el segundo poema que aprendí de memoria, cuando chico, para algún festival. El primero fue Reir llorando, el de Garrit, o Garrik, ya no recuerdo muy bien, el payaso contrito (¿alguien se acuerda del autor?). Y en fin que mi homenaje a Juan de Dios llegó muy tarde: hay una placa en la casa que anuncia uno mucho antes que el mío. En la placa firmaban algo que decía más o menos: El Buen Tono te hace este homenaje. (El homenaje era placa.)... Qué será eso del Buen Tono. Cuando era chico había un Buen Tono (aún existe) en Oaxaca. Era una peluquería. Dejé de ir cuando el viejito que cortaba citó a un comercial de Caprice que por aquel tiempo pasaban en tele, y me dijo que tenía "pelos de escobeta". Aún recuerdo el comercial y también al maldito viejito. Pero bueno, la cosa es que nadie pasó por ahí para sacarme de la duda de qué diablos era El Buen Tono. De ahí recordé que había un café a un costado del Munal. Me dirigí para allá pero nada, era un Taco Inn. Pero allí, en esa plaza, frente a Minería, en el Caballito, presentaban unos autriacos (creo eran austriacos) una especie de teatro guignol humano. Así. Eran títeres humanos o humanos que la hacían de títeres. Mutatis mutandis, no ahondaré en esto porque sino Tona me deja callado, indefenso, y es de la fregada sentir eso... El grupo representaba una caricatura extraña de la llegada de Maximiliano y Carlota a México. Por eso deduje que eran autriacos, y además escuché que hablaban un alemán algo raro. Me quedé y atendí, entre una treintena de personas, al espectáculo. Chistoso, sí, pero no la gran cosa. Al terminar me di cuenta que ya era hora de encaminarme al zócalo. En el camino me compré un Nutrisa (de limón con cacahuate) y llegué al sitio. Cuál fue mi sorpresa que el escenario que había visto dos horas antes estaba desmantelándose. Los de la Antorcha Campesina vociferaban algo, de verdad nada importante. Luego, al centro, un grupo de hiphopers chilangos se ganaban los aplausos de un grupo de transeúntes (con un domingo sin quehacer, igual al mío). Y es que bailaban y daban giros en el suelo, ya saben. De esos que nunca podré hacer ni en mi momento más sobrio. (Aquí corrijo: de plano de esos que nunca hice.) Ya con el presentimiento (muy acertado) de saber que el "tablao" había sido un mito, le pregunté a un policía que qué había sucedido. Se canceló, me dijo. ¿El ballet, el de Eva Yerbabuena?, le regresé con los ojos grandes. Y aunque me vio raro, quizá por lo de Yerbabuena, que por nada se parece a ningún nombre, me dijo que sí, que se había cancelado. (Aquí el domingo más que a yerbabuena ya me olía a cempasúchil.) Y por qué lo cancelaron, ¿no sabe usted? Por la marcha, me dijo. (En ese momento supe que debí haber estado en la marcha.)
Le di las gracias, me di la vuelta y me fui en s i l e n c i o .

23.4.05

Los laureles de la India

Por ahí de los veintes, un anfitrión nada imaginativo (poco ilustrado, y presuntuoso), invitó a Oaxaca a uno de los escritores más importantes del siglo XX (aún no lo era). Nadie pudo encontrar, pobre, a una ciudad tan poco original. (Eso pensó.)
Pero no era culpa de Oaxaca.
Para el viajero más aventurero (como eran todos los viajeros en aquella época), esa ciudad, y ese pueblo, resultaba de lo más lindo y pintoresco. Oaxaca 1920. No cualquier cosa. Donde más de la mitad de sus habitantes hablaban zapoteco, mixteco (y sus variantes). Donde el gobernador y sus ministros podían ser asesinados cualquier tarde, en alguna emboscada en plena gira al interior del estado o en algún desayuno de trabajo.
(De repente esos tiempos no se han ido.)
Pero resulta que nuestro escritor la encontró tediosa.
Su anfitrión lo invitó a dar un paseo en coche. Era, por supuesto, uno de los primeros oaxaqueños con oportunidad de comprar ese artefacto. (Quizás era el primero, el segundo, pero de verdad de los primeros.)
Lo subió y durante dos horas le dio cuantas vueltas pudo al zócalo. El anfitrión saludaba a los paisanos. Andaba feliz. Y es que nadie sabe en realidad la felicidad que uno siente subirse en un Chevrolet, en los 20, y dar vueltas por el zócalo.
Aldous Huxley, por su parte, encontró el paseo tedioso. (Porque era Huxley el honorable al que subieron a ese coche.)
Cuando se bajó, cuentan, dijo lo siguiente: Si no fuera por los laureles de la india no hubiera aguantado la segunda hora que me eché sobre ese coche, y si no fuera por los laureles, esa segunda hora hubiera sido el móvil y le hubiera dado muerte a mi anfitrión.
(Y de repente esa paz que te arroja los laureles no se ha ido.)
Y me acuerdo de esta anécdota porque Wakko Ramírez y Oscar Carrizosa me han venido contando lo del zócalo. Ya cayó el primer laurel, el que miraba hacia la iglesia de La Compañía... El Bar Jardín, por consecuencia, no es lo mismo.
(De repente pienso en los laureles. De verdad espero no se vayan los que no se han ido.)

Aquí el cadáver

(Que se vaya al fuck Ulises y el municipio)

(La foto es del Noticias, voz e imagen de Oaxaca)

22.4.05

Raulito

El niño no alcanza a tocar el timbre. Pide a un hombre se lo alcance. Toca el timbre. El niño entonces sale corriendo.

20.4.05

El segundo hombre

By GMO (Bilbao, 2005) DR


En esta foto podemos apreciar cómo este hombre se dirige, acongojadamente, hacia un destino incierto, el cual no es otro que la esencia de otro hombre.
(Thnks por la foto, mi buen GMO)

19.4.05

ID

I D E N T I D A D N A C I O N A L*

De Iván Cruz**

Lo de menos es salir del anonimato.
Pero, sinceramente, no tenemos cara para hacerlo.


Suele suceder no?

;D

*Poema tomado de Opción (dic.04) DR

**Respetable sogemita con quien compartí diplomado, miembro del grupo de poesía Endecaedro.

18.4.05

La noche en que Chicago se murió

By Oscar Cid de León (2004)

17.4.05

Tríptico

Para Lilián Vázquez
No tomar el bus porque es tarde. Demasiado tarde para llegar a tiempo. ¿Por qué preocuparse y tomar el bus? Ya habrá explicaciones, como dices, o pretextos místicos para disculparnos o disculparme. Más bien disculparme. Convencerte que llegar cinco minutos después de lo acordado es retrasarse, y todo entonces que habría luego que hacer ya no es lo mismo, todo cambia. Es mejor, ahora lo pienso, tomar los teléfonos y cambiar los planes. Engañarnos el destino aunque sea un poco. Y no podemos porque al final de todo entre los dos no existen las llamadas celulares y tú estás en el café, o en algún punto de la calle (porque te gustan los puntos determinados de las calles) aguardándome. Qué hacer entonces con aquello del destino. Con mi costumbre de pensarlo y darle nombre. Darle cuerpo, a veces, y evadirlo. Y lo evado y lo comprendes, porque preguntas la hora a más de cinco transeúntes y mis pasos, al final del día, no se acercan al punto determinado que acordaste, y ahora estarás abandonando.

*

Pero sucede que de pronto cae tu nombre mientras se anda por la calle, como de pronto cae la lluvia del verano, o como caen al mismo instante los vendedores de paraguas e impermeables. De la nada o con el agua cae tu nombre. Y pasa que busco entre los cláxones y el ruido gris del aguacero y me encuentro a una muchacha delgada y con paraguas. Comprendo entonces de dónde cae tu nombre. No tan quitada de la pena la muchacha avanza. Salta uno que otro charco inútilmente. La Maga se recoge la punta del vestido de modo que se olvida de momento del paraguas y se moja las espaldas. La muchacha, que es La Maga, se toma el alto de la esquina y el último claxon a su nombre. Se cuela entre la lluvia, muy pronto muy postal muy Montparnasse, y La Maga entra al parque. Es tiempo entonces de buscar un buen café y ordenar a la mesera un poco de poesía. Limítese a la carta, por favor, te dice con la mueca del que jura estar hablando con un loco. Cambias tu orden y le informas que dada la circunstancia tomarás sólo café. De pronto mi omóplato derecho se queja de un dedo incesante. Cae tu nombre, vuelve de los parques y aquí está. Me señalas al hombre en el rincón más escondido del café (que antes, podría jurarlo, no estaba). Tiene algo de Kafka. Sobresale el bastón colgado en el respaldo de la silla. Su mano presionando la lectura con aire de liturgia. Los quevedos que ahora mismo se descalza para descansar la vista un poco. Todo esto en el justo momento en que tu dedo termina de trazarme la firma de la escena.

*

En fin que ordenas capuchino y compartimos el cigarro. Quizás piensas que compartirlo nos hace menos daño, como el escritor que busca a otros de su especie para no sentirse ni tan solo ni tan loco. En fin que lo comprendo y lo comprendes. Te firmo la idea y nos miramos. Veo que miras y escudriñas dentro de mis próximos veinte años, aunque yo preferiría no hablar de eso, ya lo sabes. Un poco por vanidad y otro poco por no cumplirlo, aunque, al final de todo, lo último sea también por vanidad y sea más grande. Pienso en Whitman, entonces, mientras tú piensas en Sábato. Y ninguno de los dos, claro, y como siempre, acaba satisfactoriamente por confirmarse. Cesa la lluvia en la cabeza y por fin digo algo inteligente. Te ofrezco, por ejemplo, una lectura en voz alta de un poema de Dolores Castro. O más bien es decir que tú me extiendes el permiso de soltarlo. Cosa que no deberías permitir tan fácilmente, ahora lo siento, porque eso de pensar en el vuelo de los pájaros o en el canto del hijo que no se tiene me pone triste. Sobretodo el hijo que no se tiene, que dan ganas de pedir disculpas, empaparse la camisa, arrodillarse hasta el mentón, por lo tenerlo, ¿o tú que piensas? Quizás hay cosas que no pueden contestarse. O que contrario a lo que se piensa sólo pueden resolverse en otro momento, incluso en el más absurdo. Cuando llevamos a la boca, por ejemplo, un buen bocado de fideos que acabamos de comprar en un fast food orientaloide del barrio chino, y de pronto, de la nada, como la lluvia del verano o la irrupción ráfaga de los vendedores de impermeables y paraguas, toda la respuesta, bruta, con todas sus palabras, sin piedad, como una gorda, se nos viene encima. Y entonces nos sentimos como mareados y le echamos la culpa a los fideos y pinches chinos. Y no sabemos en realidad el curso de la cabeza. Y luego camino en silencio y tú sigues con los fideos y ya no quiero. Y compartimos entonces otro cigarro. Y en el último segundo de lo-que-hayamos-hablado me doy cuenta que ahora, así de pronto, en la Plaza de San Juan, me dan miedo los perros. ¿O tú qué piensas?

Hombre bueno pasando temporada en el infierno

Virgilio me llevó de la mano. Le había pedido el favor luego de que Maquiavelo me convenciera de la estadía. En la puerta me esperaba Rimbaud con su temporada bajo el brazo. No aprendí mucho allá. Cultivé jitomates en mi temporada en el infierno.
:C

15.4.05

Downing Street

Cuentan (me contó mi abuela, a quien le gustan las historias monárquicas y de gente de importancia) que una tarde, de esas lluviosísimas en Londres, llegó Sir Winston Churchill a su residencia. No cargaba con muy buen humor. En el transcurso del jardín a la puerta principal el puro se le había mojado, y eso no era cosa para estar contento. Además aún no lograba convencer a Stalin de entrar aliados, ya con Rossevelt, contra la Alemania de esos años. No había, entonces, razones para un mejor semblante.
De todos modos era el hombre de Inglaterra, y con más razón el hombre de su casa. El semblante duro lo llevaba él y el suavecito Lady Randolph, su mujer.
Era la hora en que se acostumbra beber té. Ella, acompañada de una condesa, le daba besos a su taza y charlaba asuntos de casa y de familias. También comían galletas y la amiga no dejaba de llenar su taza, parlar y echarle leche. (Incluso remojaba la galleta.)
Cuando Sir Churchill entró y se encontró a la vieja pedorrona que llevaba el título de Condesa, pensó que era lo último qué podía faltarle. Sin embargo, por respeto, se sentó con ellas.
Lady Randolph sabía que ni Winston ni su amiga congeniaban, así que puso cara entre sumisa y asustada. Miró al fondo de su taza y se puso a pensar que no era hora para que el Primer Ministro del United Kingdom se encontrara ya en su casa, y en esas andaba cuando interrumpió la voz de su marido y le pidió que le extendiera la correspondencia.
La condesa, por su parte, se miró las manos, más bien garras, y le dijo lo siguiente:.
-Si usted fuera mi marido le ponía veneno en el té.
(Porque Sir Churchill, para entonces, ya había ordenado un té.)
Él despegó los labios de la taza, luego la vista de una carta-telegrama procedente de Edimburgo. Pensó en arpías. Sacó un puro y encendió:
-Si usted fuera mi mujer- le dijo -me lo tomaba.

El vampiro de Villa Diodati

Resulta que tomé del depa de Pro un libro, El libro de los vampiros. Lo tenía junto a Confabulario y las obras completas de Lovecraft, que también me traje. Antologaban cuentos y relatos vampíricos de Potocki, Hoffmann, Poe, Gautier, Le Fanu, Capuana, Maupassant y Darío, un poema de Goethe y el cuento que me interesó.
John William Polidori era médico, y era también el secretario de Lord Byron. La literatura y la medicina la conjuntó porque el pobre se puso estudiar (luego a escribir) los efectos psicosomáticos del sonambulismo y las pesadillas. Además era joven. Acabó su carrera a los 20, incluso menos; ningún hospital apostó por él. Y después de todo, al leerlo, yo tampoco le hubiera apostado un buen futuro en la medicina. Lord Byron, en cambio, lo hizo su secretario, y un poco por tenerlo contento también su doctor.
Tenía 21 años cuando hicieron el viaje en el nunca llegaron a Italia. Dicen que había tormentas y los caminos eran muy malos. Surgió de Claire Clairmond (porque iba con ellos [e iba también el matrimonio Shelley, Serope Davies y Pellegrino Rossi]) que sería bueno olvidarse un poco y quedarse en Suiza.
Delineando el Lago de Ginebra dieron con Villa Diodati, una residencia grande y muy blanca. Invitaba por mucho al descanso, el cual era necesario después de haber pasado por París, Lyon, Dijon y Ginebra, porque dicen que en cada ciudad armaban la fiesta.
Era el año del 1816, y la Villa Diodati se reflejaba en el agua no blanca, ya su color era perla. Muy semejante al color de la luna que siempre tiene cuando se asoma en los lagos de la parte francesa de Suiza. Descansaron un día y al otro se pusieron de nuevo a beber. Beber es sinónimo de charla y noche productiva para los que escriben (con más razón si se era un burgués del s. XIX), y entonces no fue la excepción.
Lord Byron tomó la palabra. Les comentó la impresión que en la víspera le acababan de dejar las lecturas de unos cuentos fantásticos alemanes, y les propuso como ejercicio que cada uno escribiera una historia de horror. Más bien de terror.
Claire Clairmond, que era muy guapa, y como toda guapa siempre hablaba a la primera, se excitó. Por supuesto que la escribo, les dijo. Percy y Mary Shelley le siguieron y dijeron que sí. Luego Davies y Pellegrino Rossi... Polidori dudó un poco. Quizá le vino a la cabeza lo de los efectos psicosomáticos de las pesadillas y le tuvo miedo. Pero al final dijo que sí.
Nadie, ni Lord Byron, concretó lo prometido. Sólo 2: Mary Shelley y Polidori.
La esposa de Percy, que por aquel entonces era la esposa de Percy no Mary Shelley, hizo entrega de un borrador bajo el título de Frankeinstein, y le fue muy bien. Polidori, en cambio, entregó The Vampire, que es el cuento que les digo que me interesó.
Incluso el Drácula de Stoker, el más famoso, es el mismo Lord Ruthwen, que es el nombre que lleva el conde en el que Polidori sacia sus pesadillas sobre la fragilidad de la mujer. Es un poco el sonámbulo (su propio “otro”) que un día se puso a estudiar.
5 años después, a los 26, John William Polidori murió.
Atrás quedaba lo vampiroide. Por frente se erguían mis propios vampiros: condes manipuladores de capas largas. Dandys y pasionales. Oscuros, de mordida grande. Buscando doncellas burguesas, no simples muchachas...
Y es que si aquella reunión de Villa Diodati es considerada hoy como el gran punto de referencia de la literatura moderna de terror, Polidori, por sí solo, es el padre de lo vampírico más moderno, y eso que pienso que no es un gran cuento, pero su cuento es el vivo retrato de todos los vampiros que habrían de venir.

13.4.05

La especie está mutando

Pasado por alto
un limonero,
las dentelladas de perro en un trozo de carne,
la madre que avanza y deja
atrás
al niño.
Suena a polvo parado
(velorios de segundos hasta enterrar el tiempo).
Suena a rascarse con las uñas de los muertos.

Es el sonar del mudo las habitaciones
grandes,
el hombre que aguarda la furia,
la mujer de las palomas,
no saber escribir lo que dicen las ramas.

Son las paredes del eco
los arrastrares.

La vida pasando,

los hombres pasando por alto
el ritmo
y las mutaciones.



De La especie está mutando

12.4.05

Sueño de dama con gato

Las manos me parecen las manos de Remedios Varo. De imaginarlas al aire, vendría un recuerdo de sábanas blancas tendidas en el patio de una casa en el campo. Pero en este momento el vals está en el mimo de Pepo, quien es un gato. Los largos dedos de la mano izquierda peinan el pelaje, algo acolchado. La derecha es más pasiva y se ocupa únicamente del abrazo. Existe un ronroneo pero es difícil escucharlo. De todos modos se adivina porque el tiempo parece suspendido y Pepo no conoce de otras manos. Nada duerme en esta escena, sin embargo. El gato ahora es un cuerpo dilatado. Hurga a lengüetazos las manos con sus dedos largos. Se deslizan de pronto dos colmillos sobre el rojo-frágil -y temblar- de dos codornices blancas.
De La especie está mutando
Antologado en Cardo, 5 años (en prensa)
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