18.10.15

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En alguna ocasión llovieron Flipys sobre Oaxaca. Los arrojaron desde un helicóptero, según recuerdo, sujetos a pequeños paracaídas de nylon, en un espectáculo que mis hermanos y yo encontrábamos insólito; Flipys firmes, como soldados descendiendo por cientos en territorio enemigo. Lo cierto es que los hicieron llover como quien llueve ayuda humanitaria sobre un campo de refugiados o leprosos, pero desde abajo no éramos leprosos, creo, sino niños saltando la alegría, cachando Flipys, tragándolos. Vivíamos en el número 101 del Callejón de la Paz, en la Colonia Figueroa. Nuestro número telefónico era el 52209. Sólo cinco números. Luego todo crecería y se le agregarían más dígitos a los teléfonos, uno a uno, según el país se reproducía. Mi madre, por ejemplo, recuerda que cuando era niña el número de su madrina era el 14, cuando entonces ni existían helicópteros al servicio de una lluvia de Flipys como soldados firmes. Algunos cayeron en la azotea y otros en el jardín o la calle, muchos más en el terreno de junto, un inmenso baldío, y otros tantos, se suponía, en la barranca de enfrente de la casa. Siempre nos estuvo prohibida esa barranca, aunque podía bajarse y seguir un tramo del arroyo hediondo, en dirección hacia donde se espesaban las hierbas y los árboles, en la boca de una tubería por la que el agua seguía su camino ya por debajo de las casas, entre una nube de moscos. En la barranca solía cogerse a su novia el vecino, un chico fuerte y moreno de cabello rizado y dientes muy blancos que vivía en la casa de lámina al principio de la calle. Creo recordar que se llamaba Alejandro, y allí estaba cuando los Flipys. Y me llevó a la barranca porque allá abajo había aterrizado un cargamento, a donde su novia, a donde sus muslos morenos desnudos, a donde su verga apuntándome de frente, como un Flipy firme. Han vuelto al mercado los Flipys.
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